¿Y ahora qué?

Debemos felicitarnos porque las conclusiones de la Conferencia internacional hayan discurrido por la vía de lo previsto: exigencia explícita a ETA de cese definitivo de la violencia sin condicionarlo a ninguna contrapartida política, acompañada de una oportuna y necesaria referencia al reconocimiento y compensación de todas las víctimas y del dolor causado. La Conferencia refrenda, así, lo que la sociedad vasca viene exigiendo a ETA durante las décadas de democracia: en las urnas, votando mayoritariamente a las formaciones políticas contrarias a la utilización de la violencia con fines políticos, y en las calles de Euskadi, movilizándose por la paz “ahora y para siempre”. Si bien ETA –es oportuno recordarlo– ha despreciado sistemáticamente la voluntad popular y los derechos humanos, se espera que encuentre en este escenario “internacionalizado” el acomodo para dar un paso concluyente hacia el cese definitivo de su actividad. En ese sentido, la Conferencia contribuirá a la aceleración del final del terrorismo, y constituirá, además, una garantía de la irreversibilidad del proceso que llevará a ETA a bajar la persiana para siempre y a la izquierda abertzale tradicional (IAT), que ha nadado en la “estrategia combinada”, a incorporarse al marco democrático con los mismos derechos y obligaciones que los demás.

Debe valorarse la separación absoluta que las conclusiones establecen entre cuestiones políticas y violencia, lo cual contradice abiertamente las perversas tesis históricas de ETA y de la IAT. El objeto de diálogo entre los gobiernos y ETA queda constreñido a las consecuencias del conflicto armado (a los presos), mientras los asuntos políticos quedan explícitamente reservados a los agentes políticos legítimos. Cabe recordar que estos principios fueron ya formulados en el Acuerdo de Ajuria-enea de 1988, y que la obstinación de ETA y sus apoyos políticos han cegado durante un cuarto de siglo aquella vía de paz. ¡Cuánto tiempo perdido y cuánto sufrimiento inútil e injusto! Y es preciso recordar también, aun desde el aprecio debido a cualquier ayuda, que ninguna intervención externa a la propia sociedad vasca debe eclipsar el liderazgo que corresponde a sus instituciones, especialmente al Parlamento Vasco.

El fin del terrorismo ha permitido el despegue electoral de la IAT, que, haciendo de la necesidad virtud y según sus inveterados usos, se afana en dar tintes de victoria a lo que no es sino una evidente derrota de su estrategia política. En todo caso, los costes colaterales que la Conferencia supone en beneficio de la IAT hallan justificación en el pronto avance hacia la paz. Así parecen haberlo entendido Urkullu y su partido, que, según recientes informaciones, llevan tiempo desarrollando, más allá de cálculos electoralistas, un trabajo discreto por la paz en torno a la verificación y la propia Conferencia. A última hora, el PSE ha contribuido a realzar la proyección del evento internacional.

No obstante, la “estrategia eficaz” anunciada por Otegi muestra acusados tintes de serial televisivo. La IAT sabía que su unidad interna era indispensable para el cierre de la persiana, única vía de revalorización de sus devaluados activos, por más que asegurar esa unidad conllevara una lentitud exasperante. Las calculadas entregas del serial les permiten, además, explotar electoralmente cada uno de sus pasos. Por eso, y aunque hoy estemos con toda seguridad muy cerca del final, quedarán aún capítulos por desvelar al menos hasta las elecciones autonómicas de 2013. Y, en todo caso, desactivada –incluso disuelta– ETA, seguirá pendiente el grave problema de fondo, que sólo entre todos podemos resolver: el de la convivencia y la reconciliación.

Del documento “Concretando Zutik Euskal Herria”, dado “casualmente” a conocer 72 horas antes de la Conferencia, se desprende que la IAT, lejos de superar el abismo ético que la acción de ETA y su justificación política han provocado en nuestra sociedad, sigue pensando que la estrategia p-m ha sido necesaria para los intereses de Euskadi, y que si ha de ponérsele punto final es solamente porque no sirve para avanzar. Visualizan un presente y futuro sin violencia, pero no creen que el hecho de haber simultaneado violencia y política en el pasado deba ser objeto de crítica alguna.

Simplemente con el final de ETA se conseguirá la paz, y la resolución ordenada de las cuestiones relacionadas con el desarme y los presos hará duradera esa paz. Ambos elementos constituyen, sí, una condición necesaria para una paz justa, pero no suficiente. Y lo que necesitamos es una paz justa sobre la que construir una convivencia cimentada en los derechos humanos, la libertad y el pluralismo.

No se trata de alimentar odios ni venganzas, eso nunca jamás. Se trata de no minimizar ni camuflar el sufrimiento que ha originado la violencia en forma de asesinatos, chantajes y amenazas. Para una paz justa es imprescindible que quienes han ejercido la violencia o se han movido en la “estrategia combinada” hagan una lectura inequívocamente crítica de la lucha armada padecida por esta sociedad. No es posible construir un futuro sobre la amnesia o como si lo pasado hubiera sido un mal necesario e inevitable provocado por un conflicto político que, por cierto, aún persiste y persistirá. Las víctimas no lo son del conflicto político, sino de la violencia; son víctimas de una estrategia que debería ser declarada errónea e injustificable por sus responsables. Y esto abarca a todas las victimas de cualquier vulneración de los derechos humanos.

Es un requisito ético y político reconocer el horror padecido por centenares de víctimas y reparar en lo posible el daño causado. Difícilmente será viable el rearme ético sin que la violencia sea deslegitimada hasta su propia raíz y sin que la lucha armada practicada en estas décadas de democracia sea deslegitimada por quienes la han justificado o “comprendido”. A este serial le quedan aún muchos capítulos, pero hoy estamos mejor que ayer, sin duda.

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