El euskera, patrimonio de todos, ¿lengua de todos?

Lengua o lenguas: he aquí una invitación a la reflexión sobre una cuestión que suscita un creciente interés en la ciudadanía. Adelanto ya que no comparto el imperativo “en castellano y punto, porque todos sabemos castellano”, ni tampoco “euskaraz eta kitto, euskaldunak garelako”. Quienes, al igual que en cualquier ámbito de la vida social y cultural, predicamos y practicamos la pluralidad también en lo lingüístico, quienes no sólo toleramos sino asumimos con satisfacción como valor propio y positivo la diferencia, quienes respetamos y promovemos la diversidad, quienes rechazamos la uniformidad porque supone ausencia de libertad e imposibilidad de elección y levantamos la bandera de la pluralidad en defensa de los valores de la libertad y la solidaridad entre diferentes, quienes tenemos una visión multicolor de la realidad, quienes creemos que la sola unidad que vale la pena es la que se sustenta en la promoción de la diversidad, optamos, cómo no, por las lenguas, en plural. Frente a aquellos que piensan que Babel fue una maldición, otros creemos que fue una bendición, porque simboliza la eclosión de la pluralidad y la libertad lingüística; en suma, significa posibilidad de elección y la garantía de un lugar para todos.

 Aquí, entre nosotros, últimamente han hecho su aparición, acompañados de considerable ruido mediático y con ropajes pretendidamente nuevos y liberales, viejas y conservadoras ideas que contraponen conceptos en sí mismos positivos, como el de lengua común, a conceptos extraordinariamente enriquecedores como el de la diversidad lingüística y la consiguiente defensa de las lenguas propias. Nos dicen que “la riqueza no consiste en la diversidad, sino en tener una lengua común”, y, en consecuencia, “ es inútil que quien desconoce el euskera dé pasos hacia esa lengua, porque todos nos entendemos en castellano”.

 Quienes tal postulan no quieren entender que las lenguas no se enfrentan entre sí, que sólo las enfrentan quienes las manipulan en beneficio de un no confesado interés partidista. No quieren entender que las lenguas son un factor de suma e integración, lejos de la resta y enfrentamiento que ellos promueven. Por ello es comprensible que discrepe de las fervientes defensas de la “lengua común” con que nos están obsequiando últimamente. No discrepo porque tenga nada en contra del castellano (también el castellano es mi lengua, lengua de relación cultural, social y afectiva: lo reconozco sin complejos y evitando falsas hipocresías tan al uso entre nosotros cuando nos referimos a estas cuestiones); tampoco discrepo porque niegue al castellano la característica de lengua común, aunque no sea la única común. Discrepo porque el argumentario que se esgrime proyecta una falta de respeto y consideración a las otras lenguas –a mi lengua propia, el euskera–, puesto que condena a éstas a la sumisión y desigualdad con respecto al castellano. El discurso de la “lengua común”, cuando se construye en oposición a otras lenguas, alimenta la perpetuación de la desigualdad social entre todas ellas.

 Entiendo que, desde las antípodas de esas posiciones excluyentes, debemos reivindicar la diversidad como factor de riqueza, modernidad y salud democrática. Debemos reivindicar el valor de la democracia lingüística –que descansa en la igualdad de oportunidades de uso de las lenguas y en la libertad individual de opción lingüística– frente al darwinismo lingüístico, que pretende, en un pernicioso laissez-faire lingüístico, abandonar a su suerte a las lenguas en situación de desigualdad en un mercado que se rige por una en absoluto neutral ley de oferta y demanda. Debemos reivindicar la complementariedad de las lenguas, teniendo siempre presente que sólo el uso garantiza la vitalidad y el futuro de las mismas. Y el euskera no es una excepción.

 Y así ha actuado, precisamente, la inmensa mayoría de la sociedad vasca durante estos veinticinco años: haciendo oídos sordos a ese tipo de proclamas y comprometiéndose activamente a favor de una progresiva revitalización del euskera en el horizonte de una sociedad vasca bilingüe. La sociedad vasca ha seguido el camino marcado por Mitxelena en la búsqueda para el euskera de un lugar “entre las lenguas (…) suficiente que asegure su continuidad y desarrollo sin aventuras maximalistas”. Cabe afirmar que la evolución del euskera durante estos veinticinco años es la crónica de un éxito cifrado en el crecimiento demográfico, territorial y funcional, con total claridad en la Comunidad Autónoma de Euskadi. La evolución del euskera, sin embargo, es desigual en sus tres territorios: mientras el bilingüismo crece con fuerza en la Comunidad Autónoma de Euskadi, lo hace moderadamente en Navarra y se registran importantes retrocesos en Iparralde, aunque por primera vez en quince años se contabiliza un aumento de población bilingüe entre los jóvenes entre 16-24 años.

 El euskera ha sobrevivido durante siglos gracias a la adhesión de la ciudadanía. Conviene tener presente que, en toda su historia, sólo en los últimos 25-30 años el euskera ha contado, y sigue contando, gracias al autogobierno –sobre la base de la voluntad favorable de la inmensa mayoría de la sociedad y merced a unos elevados niveles de consenso político que dieron lugar, entre otros, a la Ley del Euskera y a la Ley de la Escuela Pública Vasca–, con un marco legal que lo protege activamente, una política lingüística pública favorable diseñada y desarrollada desde los poderes públicos, importantes recursos humanos, materiales y económicos a su servicio, y una acción positiva de tantos y tantos organismos sociales que cuentan con el apoyo de los poderes públicos. Esta suma de esfuerzos es nueva en la historia del euskera, y ha dado unos resultados que permiten hablar de un cambio lingüístico progresivo en la Comunidad Autónoma de Euskadi, allí donde se concentran más del 80% de los vasco hablantes.

 En suma: el euskera nunca ha tenido tantos hablantes, nunca ha sido utilizado por tanta gente y en tan diversos ámbitos, nunca ha recibido el apoyo decidido de la legislación y de los poderes públicos como en la Comunidad Autónoma de Euskadi en estas dos últimas décadas. La salud del euskera es mejor de lo que reconocen algunos, y más débil de lo que muchos quisieran.

 Es evidente que en la evolución del euskera en la Comunidad Autónoma de Euskadi en estos veinticinco años hay claroscuros, como sucede en todo proceso social, pero cabe afirmar que las luces predominan con rotundidad sobre las sombras. Hoy, el 37,5% de la población mayor de 5 años es bilingüe, cuando en 1981 sólo lo era el 21%. Hoy es bilingüe el 75% de la población menor de 16 años, y no llegan al 9% los monolingües erdaldunes; el resto entiende el euskera, aunque no llega a dominarlo. Ha cambiado radicalmente la pirámide de edad: hace veinte años, la mayor proporción de bilingües se encontraban en los mayores de 50 años; hoy sucede exactamente al revés: cuanto menor es la edad, mayor es el número de bilingües, lo cual indica una senda de crecimiento para el futuro. Hay 300.000 euskaldunberris entre nosotros, 300.000 personas que merecen el más sincero reconocimiento y agradecimiento, no sólo de la población vascohablante, sino del conjunto de la sociedad, por su enorme aportación a la convivencia lingüística y a la cohesión social.

 La aportación del sistema educativo a la revitalización del euskera es muy destacada. Los padres y madres, vascohablantes o monolingües erdaldunes han optado progresivamente por la enseñanza en euskera para sus hijos. Así, hace veinticinco años, en la educación obligatoria el 80% de los alumnos cursaba sus estudios en el modelo A+X, y sólo el 12% lo hacía en el modelo D. Hoy, el 61% lo hace en el modelo D, y no llegan al 15% quienes lo hacen en el modelo A. En la educación infantil no llegan al 5% los niños que se han matriculado en el modelo A. Si fijamos la mirada en la universidad, cabe subrayar que el 54% de los alumnos han optado por realizar el último examen de selectividad en euskera, y el 45% de los alumnos que se matriculan por primera vez lo hacen en materias en euskera.

 Contamos con escritores que están creando una literatura absolutamente homologable a las que se producen en las lenguas de nuestro entorno. La calidad de la traducción ha subido muchos enteros en pocos años. Por otra parte, la presencia del euskera en los medios de comunicación, más allá de EITB, se extiende a un total de 115 medios, entre escritos, electrónicos, radios y televisiones.

 También ha aumentado el uso del euskera, y lo ha hecho de manera muy importante, aunque no –como es lógico, por otra parte– en la misma medida que el conocimiento. El uso crece poco a poco e ininterrumpidamente en la CAE, se mantiene en Nafarroa y retrocede en Iparralde. El aumento del uso del euskera en la CAE se registra en todos los grupos de edad menores de 50 años, y se ha duplicado entre los jóvenes de 16-24 años. El incremento del uso tiene lugar sobre todos en los ámbitos formales (centros de salud, servicios públicos y municipales, entidades financieras); sin embargo, es poco significativo en las relaciones familiares.

 Aunque estamos ante un proceso ininterrumpido de crecimiento, hay aspectos que nos ocupan y preocupan. No todos los avances se producen en la misma medida, tampoco en todos los ámbitos. Incluso hay ámbitos en los que se podría haber avanzado más. Los casos de la administración de Justicia y la administración del Estado en general son ejemplo de lo que nunca debería suceder. También en las administraciones vascas podríamos haber hecho mejor algunas cosas: por ejemplo, se ha asociado en exceso el euskera a la obtención del perfil lingüístico (inevitable, por otra parte), al tiempo que se ha cuidado muy poco la regulación y promoción del uso del euskera como lengua de trabajo y servicio. Deberíamos preguntarnos si mientras el uso del euskera aumenta en los ámbitos formales, es decir, en aquellos espacios que son objeto de algún tipo de regulación, aumenta también en la familia, en la sala de estar del hogar. Deberíamos preguntarnos también si el consumo de productos de ocio, culturales y de todo tipo en euskera aumenta significativamente, de manera paralela al aumento de la oferta. Deberíamos preguntarnos también en qué medida ha aumentado la consideración social hacia el euskera. Es evidente que queda mucho por hacer. Los avances de estos años deben servir, por eso mismo, de palanca para tomar impulso, nunca para caer en la autocomplacencia.

 El uso del euskera ha crecido porque ha aumentado la población bilingüe, pero las personas bilingües de hoy no utilizan el euskera más que los bilingües de hace quince años. Este hecho tiene su explicación. Hay tres factores que determinan el uso de la lengua: la densidad de hablantes, la competencia lingüística relativa y la adhesión o lealtad hacia la lengua. Ha cambiado radicalmente el perfil de la persona bilingüe. Hace veinte años, el 76% de los bilingües menores de 25 años tenía el euskera como primera lengua (materna, familiar), hoy sólo lo tiene el 39%. Además, al contrario de lo que sucedía hace veinte años, hoy la mayoría de los bilingües viven en zonas de menor población vascohablante. Esto quiere decir que los bilingües de hoy, aunque sean más, tienen menos oportunidades de uso del euskera en la vida social. Estos son algunos de los costes que inevitablemente debemos asumir en el proceso de crecimiento. A ello se ha de añadir el factor decisivo y más importante para el uso: la adhesión libre y voluntaria de la ciudadanía. Hoy más que nunca, es fundamental cultivar esa adhesión, lealtad e identificación natural de la ciudadanía con el euskera. Para ello entendemos que es necesario el cumplimiento de, al menos, estas dos premisas: 1) hacer del euskera una lengua atrayente, para lo cual hay que cuidar especialmente, por una parte, el valor añadido, el atractivo y la calidad de lo que se crea en euskera, y, por otra, hacer del mundo del euskera un mundo respirable, abierto y acogedor para la pluralidad política y cultural que caracteriza a las personas que integran nuestra sociedad; 2) profundizar y acrecentar el consenso social y político a favor del desarrollo y normalización del euskera. Sólo en un clima de concordia y colaboración, en un clima de suma de voluntades, en un clima en el que nadie se sienta excluido pero nadie se autoexcluya puede el euskera seguir dando pasos decisivos en orden a “encontrar un lugar suficiente para garantizar su continuidad y desarrollo”.

 Si al principio de este artículo me he referido a aquellos que juzgan excesivo todo cuanto se hace a favor del euskera, es también obligado que me refiera a quienes todo lo consideran insuficiente. Cómodamente atrincherados, se han creído una mentira que determinado sector político, interesado en deslegitimar por norma la actuación de las instituciones vascas, ha fabricado y hecho calar en sectores minoritarios de la sociedad: la mentira según la cual los poderes públicos vascos ralentizan, frenan o incluso abortan cualquier avance rápido y profundo en materia de normalización del euskera.

 Para avanzar con seguridad y éxito en la revitalización del euskera hemos de ser conscientes de las limitaciones. Nos equivocaríamos si creyéramos que dichas limitaciones se encuentran en la legislación (todo sería más fácil si la verdad fuera ésa), o en una actitud supuestamente contraria o tibia por parte de los poderes públicos vascos en lo relativo a la defensa del euskera. No nos engañemos: las limitaciones se encuentran en nuestra propia sociedad, lo cual nos obliga a alejarnos de cualquier voluntarismo. Poseemos una realidad sociolingüística extraordinariamente diversa y desigual entre los tres territorios, así como en el seno de cada territorio. Por eso, por ejemplo, los resultados de aprendizaje del euskera son muy desiguales en Azpeitia, Barakaldo o Gasteiz, aunque se estudie en el modelo D o exactamente en el mismo programa y ritmo en el euskaltegi. La distancia lingüística entre el euskera y el castellano hace que el aprendizaje del euskera por la población adulta sea más difícil. Afortunadamente, los vascohablantes son todos ellos bilingües, y, claro, en un contexto en el que todavía la mitad de la población desconoce completamente el euskera, el bilingüe tiene que hacer un acto de opción por el euskera, pero, además, carece de oportunidades de uso en muchos lugares: el 42% de la población entre 30-55 años es monolingüe erdaldun. Por no hablar de los tan enraizados hábitos lingüísticos en detrimento del euskera. Son todas ellas limitaciones derivadas de la propia realidad social.

 Es evidente que las leyes, las políticas lingüísticas, los planes de acción y sus recursos correspondientes son necesarios e imprescindibles para avanzar con paso firme en la revitalización del euskera. Basta observar la desigual evolución del euskera en la CAE, Nafarroa e Iparralde para afirmar la incuestionable y decisiva importancia de los citados factores. Todo ello es, pues, estrictamente necesario. Pero cuidado: no son la panacea. Tal y como certeramente nos advirtió Mitxelena, nadie debería obcecarse con los “efectos miríficos del decreto”, no al menos si se quiere evitar caer en el gueto o condenar al euskera a ser una lengua tal vez conocida por muchos, pero usada por pocos. Queremos una lengua viva, utilizada con naturalidad y normalidad. Queremos que esta nuestra lengua, al igual que es patrimonio de todos, sea también lengua de todos. Y eso no se puede lograr de la noche a la mañana. Requiere tiempo, mucha paciencia, audacia y pragmatismo; requiere actitudes capaces de concitar consensos y adhesiones. Los cambios lingüísticos sólo son posibles en una sociedad democrática si se operan conforme a criterios estrictamente democráticos y acomodándose a la realidad social y a la voluntad de la ciudadanía.

 Para promover un uso cada vez más generalizado y natural del euskera, nos hará falta contar con ámbitos en los que la presencia del euskera sea más fuerte y normalizada, lo cual va a requerir, entre otras cosas, nuevas generaciones de bilingües que tengan como lengua primera o materna/paterna el euskera. He ahí un profundo cambio que queda en manos de las próximas generaciones, siempre con la mirada puesta en ir haciendo realidad un uso cada vez mayor del euskera. Sólo la voluntad y la adhesión de la ciudadanía será el auténtico motor de ese cambio, alejados de cualquier dogmatismo y darwinismo lingüísticos. Las leyes sirven, y mucho, para ayudar a materializar la voluntad de la ciudadanía, pero no determinan el cambio.

 Concluyo con una referencia a los principales retos del futuro. Pretendemos aumentar el conocimiento y el uso del euskera, no solamente pero sí especialmente en los ámbitos no formales, fortaleciendo la comunidad de los vascohablantes y valorizando al mismo tiempo la figura del bilingüe pasivo, haciendo del euskera una lengua fácil y generando oportunidades de uso. Pretendemos seguir garantizando la transmisión familiar, de manera que los actuales jóvenes euskaldunberris transmitan a sus hijos el euskera como lengua familiar. Pretendemos prestar especial atención a la creciente población inmigrante mediante estrategias de integración lingüística. Pretendemos que el euskera y la comunidad vascohablante sea una realidad atractiva, moderna, abierta, plural e integradora. Pretendemos que la población monolingüe erdaldun asuma la necesidad de dar un paso para acercarse al euskera, llegando cuando menos a entender el euskera, porque de ese modo saldrán ganando ellos mismos y los vascohablantes que legítimamente desean vivir en euskera, y saldrá fortalecida la cohesión social. Pretendemos profundizar e incrementar el consenso social y político a favor del euskera, como principal impulso y garantía de avance.

 Creo, no obstante, que es preciso repensar el propio concepto de consenso. No cabe entender por consenso sólo aquello que favorezca al castellano, como tampoco vale considerar que todos los derechos corresponden a los vascohablantes y todas las obligaciones a los no vascohablantes. Teniendo muy presentes las limitaciones y la voluntad desigual de la ciudadanía, todos debemos ser flexibles en la definición de las políticas concretas y en los ritmos, pero, al mismo tiempo, y teniendo presente el objetivo de la igualdad social entre las lenguas, todos debemos ser ambiciosos en la formulación de los objetivos, asumiendo con claridad la apuesta por la normalización del uso del euskera y excluyendo su mera conservación; es decir, afirmando con claridad ante la sociedad la necesidad de asumir incomodidades y esfuerzos de los que nadie debe autoexcluirse. La cuestión del euskera es más bien la cuestión de la convivencia entre nuestras dos lenguas, y, por tanto, es la cuestión de la convivencia social. Por eso es tarea de todos, y todos estamos convocados a arrimar el hombro para avanzar consecuentemente en el progresivo fortalecimiento del uso del euskera. La sociedad vasca puede hacerlo, y estoy convencido de que ése es su deseo ampliamente mayoritario, con un espíritu de complementariedad entre las dos lenguas, de respeto exquisito a la opción lingüística individual, de garantía de igualdad de oportunidades para el uso de ambas lenguas, sin imponer y sin impedir el uso de ninguna.

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