Es una lengua

Comparto las manifestaciones que el lehendakari López realizó, en su discurso de bienvenida al nuevo Consejo Asesor del Euskera, a favor de reducir el desequilibrio entre las dos lenguas oficiales, el respeto a las opciones lingüísticas de la ciudadanía y la necesaria cooperación entre los territorios del euskera. No puedo decir lo mismo, sin embargo, sobre las polémicas palabras con las que cerró su salutación: “el final de la violencia (…) facilitará mucho las cosas al mundo del euskera. El euskera se vinculará definitivamente a la libertad” (ergo hoy no lo está). En mi opinión, son un desatino. No juzgo las intenciones del lehendakari, pero es evidente que sus palabras han contrariado a muchas personas no precisamente conniventes con la violencia. Huelga decir, por obvio, que la desaparición de la violencia beneficiará notablemente a todo proyecto social y a todas las personas. No es, pues, esa la causa de la contrariedad.

No solo llueve sobre mojado, sino que tales palabras no resultan acertadas ni como diagnóstico ni como discurso. Expresiones como “reivindicar el euskera en libertad” (¿acaso no es libre la opción, en ocasiones muy dificultosa, de miles de ciudadanos de crear, consumir, trabajar, divertirse, educarse, formar y vivir en euskera?), o bien “fomentar una cultura en euskera plenamente democrática” (¿es que no lo es?) mezclan euskera y violencia y falta de libertad, y constituyen el antecedente de las últimas palabras del lehendakari.

No seré yo quien diga que todo lo que se expresa en euskera sea plenamente respetuoso y democrático. Pero el culpable de ello no es el euskera. Tampoco creo, por ejemplo, que la pretensión de imponer el uso exclusivo y excluyente del castellano en el Senado –con el consiguiente veto efectivo al uso del euskera, el catalán y el gallego– sea una expresión de tolerancia ni de respeto efectivo a la diversidad, y tampoco concuerda en modo alguno con estos valores el objetivo de algunos de imponer el castellano como lengua común (cuasi)única del espacio público. Y, sin embargo, no cabe atribuir la culpa de semejantes despropósitos al castellano. Es evidente, asimismo, que ETA y sus apoyos han pretendido apropiarse de manera excluyente (también) del euskera, lo cual perjudica a nuestra lengua porque nos perjudica a sus hablantes. Pero los violentos han pretendido igualmente adueñarse y hacer bandera de diversos valores y legítimas aspiraciones de la sociedad vasca, incluidos los valores del socialismo, y nadie deduciría de ello que la vinculación de la sociedad vasca –y los socialistas– a sus valores no sea fruto de la libertad ¿Tan difícil es entender que lo mismo sirve para el euskera?

Una lengua, eso es el euskera. En palabras de Carme Junyent, “las lenguas son ficciones”, y como dijo Mitxelena, “el idioma es el instrumento (…) es mudo, pues no tiene boca ni garganta, y, menos aún, cabeza. Son otros quienes saben hablar: los que poseen garganta, boca y (más o menos) cabeza”. En efecto: las lenguas en sí mismas no son terroristas ni pacifistas, no son democráticas ni fascistas; lo serán, en todo caso, los hablantes de una u otra lengua. Y en todas las lenguas, también en euskera, se puede vivir de muy diversas maneras.

En definitiva, los tópicos que dimanan de asociar el euskera con la violencia o la falta de libertad o la imposición no son más que eso, tópicos, y, más allá de ciertas percepciones, no se corresponden con la experiencia y vivencia del euskera en el seno de nuestra sociedad; antes bien, impiden la articulación de un discurso que responda con eficacia a los retos que conlleva el fomento de su uso. El euskera ha avanzado con firmeza en estos treinta años gracias a la voluntad de la sociedad, y cabe señalar, además, que su actual nivel de máximo histórico en términos de conocimiento coincide en el tiempo con el momento de mayor y más hondo rechazo social del terrorismo y sus añagazas. La ciudadanía ha hecho del euskera una lengua de convivencia y cohesión social, y los más recientes estudios demoscópicos muestran bien a las claras que las actitudes y percepciones de la inmensa mayoría de la sociedad son abiertamente favorables al impulso de políticas activas de promoción del euskera, políticas que nada tienen que ver con supuestas “imposiciones”. Quiere ello decir que, además de necesario, es posible, porque ése es el deseo de la sociedad, avanzar firmemente en la reducción del desequilibrio entre el euskera y el castellano a través del incremento continuado del conocimiento y uso del euskera, en la construcción progresiva de una sociedad bilingüe –es decir, formada por ciudadanos bilingües–. Y ello requiere paciencia, persuasión, políticas lingüísticas activas y avanzadas, así como grandes dosis de acuerdo social y político, pero requiere también una pedagogía social dirigida a alimentar la adhesión de la ciudadanía a los objetivos señalados, una pedagogía que explique sin complejos que la reducción efectiva de la asimetría entre las dos lenguas no es posible sin asumir inevitables y razonables incomodidades, y se trata de explicar que asumirlas no es fruto de ninguna imposición, como tampoco lo es el garantizar el uso también del euskera en los servicios públicos o el garantizar el ejercicio efectivo de los derechos lingüísticos de las personas consumidoras. Y en mi opinión, sería extraordinariamente positivo para la convivencia lingüística y social que el lehendakari, en su condición de máxima institución del país, se situara a la cabeza de un discurso construido sobre esas bases, y renunciara definitivamente al uso de tópicos tan manidos como lesivos para la cohesión social.

El euskera necesita hablantes, no salvación ni liberación. Y para ello necesita suma e ilusión, compromiso activo de los poderes públicos, adhesión de la ciudadanía y acuerdo social y político. En definitiva: sensatez a raudales.

 

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