Llengua i ús: Entrevista a Patxi Baztarrika

1.     ¿Babel o barbarie? ¿Por qué para algunos Babel es la barbarie, mientras que para otros constituye el símbolo de la civilización?

En cierto sentido es paradójico. Según la Biblia, Babel, si se considera desde la perspectiva religioso-teólogica, representa la maldición, porque supone pérdida del paraíso e imposibilidad de la comunicación directa con Dios. Pero, a la vez, el mito de Babel constituye la parábola de la condición humana, de nuestra finitud. Babel representa, desde una perspectiva que también debería concernir a la teología, uno de los rasgos y valores esenciales del ser humano: la diferencia, o si se prefiere, la originalidad o la particularidad. De hecho, es la  suma de dichas “originalidades o particularidades” lo que da lugar a la pluralidad. La negación de la diferencia y de la consiguiente pluralidad supone la negación de la condición humana. ¿Acaso no es la diversidad lo que hace interesante la vida humana? Es en ese sentido en el que reivindico Babel como una bendición, no una maldición, porque Babel representa la afirmación de la diversidad.

Para comunicarnos creamos nuestros propios códigos y signos. La comunicación estriba en, partiendo del código propio, tratar de interpretar los códigos ajenos. Compartirlos. Si a nivel individual la comunicación funciona así, también funciona de modo similar a nivel de grupos con afinidades identitarias comunes. La diversidad no impide la comunicación; al contrario, es a través de la diversidad, o si alguien prefiriera es en situación de diversidad, como nos comunicamos y compartimos vida y valores los humanos.

 

2.     ¿Es cada vez más difícil ser civilizado y monolingüe?

En un contexto multilingüe, ser monolingüe significa encerrarse en el código propio, no abrirse al código ajeno. Significa sentirse en su propia casa sin necesidad de visitar y conocer la ajena. Descarto de este análisis a los monolingües que no han tenido otra posibilidad que el conocimiento y práctica de una lengua, lo que en el contexto mundial actual acarrea aislamiento y pobreza, y que en la práctica supone un analfabetismo social. Digo más: excluyo de las coordenadas de mi análisis a las personas monolingües en su condición de sujetos individuales, porque en tal condición me merecen total respeto. Me refiero, pues, al monolingüismo como modelo de comunicación y organización social, un modelo que considero arcaico para el mundo moderno, retrógrado, generador de desigualdades, cercenador de la libertad, que camina en la dirección opuesta al que siguen las sociedades abiertas y modernas.

 

Muy al contrario de lo que afirman algunas voces pretendidamente universalistas –que, en realidad, son voces uniformadoras que no acaban de asumir como positivo, sin resignación, el valor de la pluralidad-, el monolingüismo no es un derecho, es una limitación. Los obstáculos para la convivencia no se hallan en el bilingüismo, sino en el monolingüismo. Quien ostente la condición de bilingüe en el País Vasco o en Cataluña puede optar entre ambas lenguas, no así el monolingüe. El monolingüe, además, limita la libertad de elección de lengua del bilingüe, hasta el punto de impedírsela, lo cual perjudica a la convivencia.

En contextos multilingües, el monolingüismo claro que supone una limitación del ejercicio de los derechos y de la libertad en el terreno lingüístico. Por eso es preciso sensibilizar a la ciudadanía en pro del bilingüismo y plurilingüismo efectivos, no retóricos. Esto debe hacerse, sin duda, desde el máximo respeto a las personas hoy monolingües. Pero no debemos confundir los términos: el respeto que indiscutiblemente se merecen quienes sufren la limitación del monolingüismo, no implica ensalzar el monolingüismo, ni tampoco que debamos ser neutrales entre el monolingüismo y el bilingüismo.  Como dijo Dyane Adams, comisaria para las Lenguas Oficiales de Canadá, “el monolingüismo es una manera de ver el mundo en un solo color. El multilingüismo hace más flexible nuestro mundo”. La flexibilidad es un valor positivo para todos y para la convivencia.

3.     ¿Cómo hemos ido dibujando un panorama en que “el otro” no es visto como un peligro? ¿Hacia dónde vamos?

Soy otro para quien para mí es otro.

Si partimos de esa premisa, si la hago mía, el peligro tiende a desvanecerse porque la premisa plantea la hipótesis de que también yo puedo ser un peligro para el otro. El otro y yo compartimos un  mismo territorio. Lo podemos compartir en claves de entendimiento o enfrentamiento: creo que es preferible que lo hagamos en clave de entendimiento. Lo armónico con la esencia y libertad humanas, lo que mejor refleja la realidad de la humanidad es la diversidad lingüística y cultural, y la asunción del “otro” como elemento inherente del “nosotros”.  ¡Pobres de nosotros si pretendiéramos construir el “nosotros” sin el “otro”, sólo con el “yo”!. Creo que ésa, la del entendimiento,  es la idea que está ganando terreno con claridad, aunque con dificultades obvias.

No se me escapa que este punto de vista, esta apuesta por compartir territorio con el “otro”, esta apuesta por la convivencia más allá de la simple coexistencia, exige respeto, mucho respeto del “otro”. Lo que ocurre es que tiene mucha fuerza aún el prejuicio del darwinismo lingüístico, esa gran mentira que curiosamente sólo la proclaman quienes se sitúan en el privilegio de la hegemonía lingüística, como si esa hegemonía fuera fruto de un proceso de “selección natural”, a semejanza de la teoría biológica de Darwin. Tienen a su favor que lo monocolor es más fácil de aprehender que la multiplicidad, sobre todo si el color es el de uno mismo, y que es más fácil jugar a vencedores y vencidos que articular una convivencia equilibrada e igualitaria capaz de preservar y fomentar esa diversidad que, como hemos dicho y se vio en Babel, es consustancial a la condición humana. Pero tienen en su contra que cada vez es más evidente que su punto de vista sólo puede producir pobreza y conflicto, que no sirve para construir una convivencia armoniosa. Y, claro, a la hora de abordar la cuestión lingüística es de todo punto inevitable hacerlo en la perspectiva de la convivencia, porque la cuestión lingüística no es propiamente dicha una cuestión de lenguas, sino una cuestión de convivencia social. Recuerdo las palabras del escritor Anjel Lertxundi, que más o menos vino a decir “la cuestión del euskera no es algo que sólo nos atañe a quienes tratamos de dignificarlo; es tarea de todos, porque afecta a la convivencia”.

En todo caso, vale la pena que tengamos en cuenta que las lenguas en sí mismas no contienen ningún germen de exclusión ni conflicto, no son simples instrumentos de comunicación, son más que eso, pero cumplen la función de que los seres humanos nos comuniquemos entre nosotros.  Tal y como dice Maalouf, se puede vivir sin una religión, pero no sin una lengua, y, además, la lengua, a diferencia de la religión, no tiene vocación de exclusividad. La diversidad lingüística, que es la base de la diversidad cultural, permite compartir con el “otro”, construir y convivir con el “otro”. Caminamos a un escenario de más diversidad, sin duda, aunque a veces parezca que lo peor de la globalización va a arrasar con todos los “otros”.

4.     ¿Qué peligros asedian el multilingüismo?

Es difícil predecirlo. Pero uno de los peligros —quizá una de las consecuencias, porque peligro no es la palabra adecuada— es la de que las lenguas ya no serán unos compartimentos tan estancos como hasta ahora, sino entidades comunicativas cada vez más fluctuantes, más dúctiles, más plurívocas, con lo que los gramáticos y los preceptivistas lo van a tener cada vez más difícil.

En efecto, hoy es muy habitual llamar la atención sobre el peligro de extinción de la diversidad lingüística. Esto no lo hacemos solamente como consecuencia de la evidente fuerza uniformadora del fenómeno de la globalización; lo hacemos también porque la historia de la humanidad es la historia en la que han coincidido el crecimiento demográfico constante y la pérdida ininterrumpida de las lenguas: no en vano han sido muchas las lenguas que han desaparecido y son muchas las que, según diferentes especialistas, corren hoy mismo peligro de desaparición.  Sin embargo, no sé si le prestamos suficiente atención a otro fenómeno que se asoma junto a la desaparición de algunas lenguas, que consiste en la “aparición de nuevas lenguas”, justo lo contrario del peligro de desaparición que amenaza al multilingüismo. Digamos que no todo es “muerte”, que también hay “renacimiento”. Me refiero al hecho de la multiplicación de las variedades de diferentes lenguas hegemónicas. Por ejemplo, ¿se puede hoy seguir hablando del inglés como lengua unívoca? ¿En qué medida son lo mismo el inglés hablado en Australia, Dublín, Londres o Boise? ¿Hay un idioma inglés o hay varios idiomas llamados inglés? Lo mismo cabe decir del español. El español que se habla en España o el que hablan los hispanos de Chicago, ¿acaso es el mismo? Este fenómeno que está atravesando el ser de las lenguas, hasta el punto de que estamos asistiendo a la aparición de “nuevas” lenguas (?), o cuando menos a la transformación radical de las existentes, es también consecuencia del multilingüismo.

En todo caso, si nos preguntamos sobre si lo previsible es que el multilingüismo gane o pierda terreno, pienso que, tal y como ha afirmado Manuel Castells,  la tendencia no es la de la desaparición de las identidades, sino la de su reforzamiento, en la medida en que, tal y como hace notar atinadamente el sociólogo, es indiscutiblemente creciente la diversidad lingüística y cultural.

5.     ¿En qué medida la Unión Europea puede contribuir a un nuevo paradigma, después del jacobinismo lingüístico?

Si Europa ha sido en los últimos siglos espejo de la civilización, no lo ha sido en todos los órdenes. El ideal de la igualdad —deseable desde todos los puntos de vista— buscó, en lo que a las lenguas se refiere, la igualdad en base al número de hablantes, en base a la hegemonía de una lengua sobre las otras del territorio. La noción del “Estado-Nación” ha traído consigo la identidad entre “un Estado-una lengua”, lo cual es perjudicial para el desarrollo de la diversidad lingüística. No es de recibo que para que una lengua sea considerada “mayor de edad” tenga que ser lengua de Estado. Esa concepción responde a un tic uniformador que acaba discriminando toda lengua no hegemónica, lo cual es tanto como decir la mayoría de las lenguas de Europa.

Si Europa quiere seguir siendo espejo y referente, lo tendrá que ser también en el tema de las lenguas, una cuestión en la que en Europa se está desarrollando una sensibilización —y una tensión que avala esa sensibilización— que no existe en otras latitudes del planeta. Me parece evidente que los pasos que en este sentido se están dando en las instituciones de la Unión Europea son, sin duda, positivos y esperanzadores, empezando por el propio Tratado de Lisboa o la Carta de Derechos Fundamentales, que ya es jurídicamente vinculante para los diferentes Estados, o la propia Carta de las Lenguas Regionales o Minoritarias, ésta en el ámbito del Consejo de Europa. La comunicación sobre el multilingüismo, aprobada por la Comisión Europea en 2008, conocida entre otras razones por su propuesta “1+2”, alumbra, asimismo, un camino extraordinariamente favorable a la pluralidad lingüística. Creo que los pluralistas tenemos razones para mirar con prudente optimismo a la apuesta de las instituciones europeas a favor de la diversidad lingüística.

Por las razones apuntadas, pienso que  Europa puede contribuir a la superación definitiva del jacobinismo lingüístico y la construcción de un nuevo paradigma, que necesariamente ha de ser plural y pluralista: plural, porque se trata de dar acomodo a la complejidad propia de la diversidad lingüística consustancial a Europa, y pluralista porque se trata de preservar y oxigenar dicha diversidad, alejados, por tanto, de supuestas neutralidades que terminan fortaleciendo siempre la vitalidad de las lenguas hegemónicas en detrimento del resto. La pluralidad lingüística es un factor insoslayable para la construcción de una Europa moderna, avanzada y profundamente democrática. Igualmente, el fomento de la diversidad lingüística dentro de cada Estado miembro de la Unión, no sólo es compatible con la construcción europea, sino que es necesario para la construcción de una Europa más integrada y cohesionada. Europa debe entender que el debilitamiento –no digamos ya la pérdida- de una lengua significaría en todo caso el debilitamiento o pérdida de una parte de la propia identidad europea. Somos millones de europeos los que hablamos lenguas que son de Europa, aunque no sean lenguas de Estado. Los aproximadamente diez millones de hablantes del catalán o el millón de hablantes del euskera somos ciudadanas y ciudadanos europeos que hablamos lenguas de Europa que integran el patrimonio cultural europeo, y es obligación de Europa asegurar su futuro. La gestión de la diversidad lingüística es uno de los mayores desafíos de la construcción integradora de Europa. Creo que el grado de cohesión y vitalidad de la nueva Europa tendrá mucho que ver con la victoria o la derrota en ese desafío de amparar y fomentar el mosaico lingüístico. Europa puede y debe hacerlo.

 

6.     ¿Cómo valora la dinámica lingüística en el Estado español? ¿Se puede transformar en un estado realmente multilingüe o constituye una utopía?

Una de las claves del futuro de lo que venimos en llamar España consiste en que la utopía —con su inevitable incomodidad— del multilingüismo se convierta en una de las señales más claras de su identidad. Son muchas y poderosas las fuerzas que, aunque con pocos y débiles argumentos, se oponen a la asunción no resignada del multilingüismo como valor propio y esencial del Estado español. En el mundo moderno el monolingüismo es la excepción y el multilingüismo es la norma, aunque los estados-nación han intentado ahogar esa diversidad. España forma parte de la norma, aunque más formalmente que verdaderamente. Me explico.

Casi la mitad de los habitantes del Estado español viven en comunidades que cuentan con otra lengua además del castellano. La sociedad española es, pues, multilingüe, pero la práctica de las instituciones centrales es propia de un país monolingüe. Una práctica, por tanto, injusta e insolidaria, absolutamente insolidaria, con el resto de las lenguas del Estado. Las instituciones del Estado, después de 32 años de una Constitución que abrió las puertas al reconocimiento oficial del multilingüismo y proclamó la necesidad de “prestar especial respeto y protección a las diferentes lenguas” del Estado,  consideran en la práctica que la diversidad lingüística en absoluto les atañe a ellas, sino, salvo en cuestiones menores, casi única y exclusivamente a las Comunidades Autónomas con lengua propia oficial diferente del castellano. Unos cuantos ejemplos son suficientes para entender que lo que estamos diciendo no es sino una mera descripción de la realidad: tal y como explica el propio Consejo de Europa, la Administración de Justicia vive de espaldas a la oficialidad de las “otras lenguas”, y la administración periférica del estado y los servicios públicos dependientes del Estado, incluidos los medios de comunicación de titularidad estatal, siguen muy lejos de tener en cuenta la pluralidad lingüística de España; las lenguas diferentes del castellano no pueden ser utilizadas en el Congreso, y solo de manera muy limitada en el Senado.

Es contrario a la convivencia el fomento del desconocimiento del “otro”. Por ejemplo, nada bueno se puede esperar de admitir con normalidad que para un joven de una comunidad monolingüe de España, el catalán, el gallego o el euskera y la creación cultural en esas lenguas sean tan desconocidos como puedan serlo para un joven de Roma o de un cantón suizo. Los medios de comunicación de titularidad estatal y el sistema educativo del Estado español no deberían olvidar la realidad plurilingüe de España. Creo que, en efecto, las instituciones del Estado, más que creyentes, necesitan practicantes del multilingüismo. Es de todo punto inaplazable que las instituciones del Estado y los grandes medios de comunicación  hagan pedagogía social a favor de la asunción del multilingüismo como valor propio y enriquecedor por parte de la sociedad del Estado español, especialmente en las comunidades monolingües.

Ni el castellano ni la sociedad española están necesitados de defensas casi angustiosas de la lengua común. Afortunadamente es buena, buenísima, la salud del castellano. Ni el castellano está necesitado de protección frente a supuestas amenazas de las lenguas que a duras penas consiguen abrirse camino normalizado, ni la defensa que el castellano necesita pasa en ningún caso por menospreciar las otras lenguas. El único criterio válido, desde mi punto de vista, es el criterio de la igualdad entre las lenguas, en lugar del criterio de la jerarquía que algunos esgrimen a favor del castellano. En todo caso, flaco favor se le hace al castellano menospreciando al resto, porque quien para defender lo propio desprecia lo que considera (en este caso erróneamente, además) ajeno, sólo genera intransigencia y discriminación.

Quiero creer que es posible que la asunción y gestión del multilingüismo sea abordada como una cuestión de Estado. El cumplimiento escrupuloso de la Constitución en lo que se refiere a la cuestión del multilingüismo sigue siendo asignatura pendiente de los poderes públicos del Estado. El único paso aceptable que podemos esperar de los poderes públicos del Estado es que asuman como tarea propia la preservación y promoción de la pluralidad lingüística de España. Creo que es una exigencia ética y legítima; es, en todo caso, una exigencia estrictamente legal,  porque de ese modo darían cumplimiento cabal a la letra y espíritu de la Constitución y de los Estatutos de Autonomía, que, por cierto, son parte integrante del bloque constitucional.

7.     ¿Cómo se puede hacer una política lingüística responsable?

Más que de política lingüística “responsable”, yo hablaría de política lingüística “legítima y eficaz”, porque me parece que la legitimidad se asocia más directamente a la necesidad de equilibrar allá donde no existe equilibrio. Creo que la legitimidad y la eficacia constituyen un binomio necesario e inseparable para responder con responsabilidad al reto de la diversidad lingüística en el contexto de la inapelable globalización.

8.     ¿En qué se basa la legitimidad de la política lingüística? ¿Existe, según las diferentes concepciones, un choque de legitimidades?

La política lingüística se hace necesaria porque se precisa gestionar la diversidad lingüística. Ahora bien, ¿qué política lingüística? porque, aunque sus defensores pretendan convencernos de lo contrario, la ausencia de política lingüística también es un tipo de política lingüística, probablemente la peor de todas las políticas lingüísticas, porque es la más sibilina entre las contrarias a la convivencia. Conviene no perder de vista que hablar de política lingüística implica hablar sobre todo acerca de la convivencia lingüística. Cualquier pretensión que conlleve asfixia para la diversidad lingüística acaba obstaculizando gravemente la convivencia. Al contrario, aquí, entre nosotros, en las sociedades modernas y plurales necesitamos de la política lingüística para garantizar la igualdad de oportunidades de los ciudadanos que puedan y quieran ejercer activamente la diversidad lingüística, para hacer posible el desarrollo equilibrado y armonioso de nuestras lenguas, para respetar y hacer respetar, junto con los demás derechos, los derechos lingüísticos. Sólo una política lingüística que respondiera a esas características podría ser calificada, desde mi punto de vista, como legítima y eficaz, entre otras cosas porque sólo una política lingüística de ese tipo podría fortalecer la cohesión y la convivencia social, cohesión y convivencia que constituyen el objetivo con mayúsculas de cualquier política pública.

Al diseño de la política lingüística uno puede aproximarse desde, al menos, tres actitudes con respecto a la diversidad lingüística: represión, tolerancia o indiferencia disfrazada de tolerancia y fomento. Si hiciéramos pasar esas tres actitudes por el cedazo del binomio “legitimidad y eficacia”, es evidente que la de la “represión” sería considerada absolutamente ilegítima, puesto que supone la negación de la diversidad lingüística y una agresión a la libertad y los derechos humanos. Es más discutible la legitimidad de la actitud de la tolerancia. No hay legitimidad sin tolerancia, eso está claro; pero si por tolerancia se entiende que alguien desde una posición superior y depositaria de la “normalidad” tolere a otros las especificidades o “rarezas curiosas” (por ejemplo, las lenguas minorizadas o de pocos hablantes) de éstos, creo sin duda ninguna que por encima de ese concepto de la tolerancia se debe reclamar –precisamente en nombre y como garantía de la legitimidad-  la igualdad básica entre las lenguas y las personas hablantes de las diferentes lenguas. Lo legítimo, y eficaz, en estos términos, no es la tolerancia, sino la igualdad.

Por otra parte, es particularmente evidente que una de las actitudes más conocidas que pasa por ser expresión práctica de la tolerancia  carece  de toda legitimidad y eficacia. Me refiero a la política del laissez-faire, laissez-passer, esa política de la indiferencia disfrazada de tolerancia, que sólo sirve para fortalecer la distancia entre las lenguas hegemónicas y el resto. La política lingüística, para que sea legitima y eficaz no puede ser neutral, porque como dijera Aristóteles, “la ausencia de igualdad es injusticia, y la igualdad es justicia”.

La única política lingüística eficaz y legítima es la que se sustenta en la promoción, la que se guía por la utopía de la igualdad y hace frente a las políticas de asimilación lingüística y, por tanto, busca la superación del monolingüismo, cualquiera que sea éste. Sólo desde una actitud de fomento es posible preservar la diversidad lingüística y garantizar una convivencia equilibrada y basada en la igualdad y la libertad lingüística. Es verdad que la actitud de promoción de los poderes públicos no garantiza por sí misma el futuro de una lengua, que depende por encima de todo de lo que hagan los hablantes; pero sin esa actitud difícilmente se puede asegurar el futuro de una lengua, y, además, esa actitud es en sí misma un nutriente para la adhesión de la ciudadanía hacia su lengua.

Para que esa actitud de promoción se traduzca en una política lingüística legítima y eficaz es evidente que no todo vale, tiene sus límites. Algunos son límites sociales, otros son legales. La eficacia requiere tener muy presente los límites sociales, porque de la misma manera que es verdad que hace falta mucha voluntad y compromiso para avanzar, también es verdad que con voluntarismo se corre el peligro de retroceder, más que de avanzar. La máquina se puede forzar sólo hasta cierto punto, aunque haya que forzar todo lo que sea posible, no menos pero tampoco más. Y en relación a la legitimidad, pienso que la política lingüística será legítima en la medida en que respete la voluntad de la ciudadanía, garantice la cohesión social, distinga la esfera pública y la privada, armonice los derechos lingüísticos con los demás derechos reconocidos a los ciudadanos y cumpla, y haga cumplir, la legalidad en términos positivos. En una democracia la legitimidad descansa en la voluntad de la ciudadanía y en el marco legislativo. Es obligado constatar que en España sigue siendo asignatura pendiente el cumplimiento de las normas que integran el amplio corpus legislativo en materia lingüística. En efecto, queda mucho por hacer en ese sentido en España. Por ejemplo, desde mi punto de vista, es contrario a la legitimidad no cumplir ni desarrollar con espíritu abierto y progresivo el ejercicio de los derechos lingüísticos reconocidos en las leyes o las diversas disposiciones de orden lingüístico recogidas en la Constitución, en los Estatutos de Autonomía o en la Carta Europea de Lenguas Regionales o Minoritarias. De la misma manera, la posición de quienes enarbolan la bandera de la libertad y la ética para afirmar nada menos que “la mejor política lingüística es la que no existe” no es legítima, aunque sea sólo porque es contraria a la letra y el espíritu de nuestro ordenamiento jurídico.

9.     Al País Vasco, ¿Cuáles son los cambios más importantes que se han producido, en su política lingüística, desde el principio de la transición hasta nuestros días?

El cambio más importante es el mental. El euskara ya no es para muchos de nosotros la lengua aldeana, pobre, carente de derechos, de segundo rango, incapaz de llevarnos al futuro. Ese cambio de mentalidad es lo más fundamental que nos ha podido suceder. La percepción de nuestra lengua ya es otra, irreversiblemente otra. Si el futuro de  nuestra lengua es ahora impredecible, sin ese cambio mental sería hoy inevitable.

Producto de ese cambio mental ha venido el cambio institucional, muy importante en la Comunidad Autónoma de Euskadi y, a mi entender, totalmente insuficiente, preocupantemente insuficiente, en Navarra y en Iparralde (País vasco-francés).

En cuanto a la práctica diaria, el cambio ha sido indudable, un cambio al que estamos acostumbrados pero que hace treinta años nadie hubiera pronosticado sin ser tratado como loco visionario.

La evolución del euskera ha sido desigual en los tres territorios. En la Comunidad Autónoma de Euskadi, donde se concentra prácticamente el 80% de la población en general y también la población bilingüe de los tres territorios del euskera, el bilingüismo avanza con vigor; avanza, pero lentamente, en Navarra; y retrocede en Iparralde. Determinados poderes públicos de Navarra, Gobierno incluido, llevan años observando que determinadas actuaciones administrativas suyas contrarias al impulso del bilingüismo están siendo anuladas por los Tribunales de Justicia.

La evolución del euskera en la Comunidad Autónoma de Euskadi en estos veinticinco años de autogobierno a su servicio ha sido la crónica de un crecimiento en todos los ámbitos. Ha crecido el número de hablantes pasando del 20% al 37%; ha crecido el uso social, haciéndose presente en ámbitos que le habían sido ajenos, tales como la educación, la universidad, la administración, los medios de comunicación o internet, y ha mejorado extraordinariamente no sólo en el plano cuantitativo sino también cualitativo  la producción cultural y literaria; ha mejorado la actitud de la ciudadanía, de tal suerte que la inmensa mayoría de la sociedad apuesta claramente por una sociedad verdaderamente bilingüe y apoya que se desarrollen políticas lingüística activas a favor del uso del euskera. Recientemente ha dicho el sociolingüista catalán Miquel Gros i Lladós que el del euskera en la Comunidad Autónoma de Euskadi es “uno de los mejores ejemplos de recuperación lingüística conocidos, uno de los que concita mayor unanimidad social, más alta rapidez en la recuperación porcentual del idioma”.

El futuro, sin embargo, para nada está escrito. Uno de los principales retos a los que nos enfrentamos es el de hacer del euskera una lengua de uso habitual y natural de quienes lo conocen, es decir, que quienes conocen el euskera, tanto quienes lo han adquirido como primera lengua en la familia como las decenas de miles de personas que lo han adquirido a través del sistema educativo o de los euskaltegis (centros de aprendizaje de euskera para la población adulta) sean en el día a día hablantes en esa lengua. Se trata de que quienes puedan utilizar el euskera, quieran hacerlo y lo hagan, de manera natural.

En los inicios de la transición, y en años posteriores, se creyó que contando con el sistema educativo y algunos medios de comunicación en euskera, la normalización vendría dada, que todo iba a ser cuestión de tiempo. El proceso ha demostrado que el asunto es bastante más complejo que todo eso. Nos llevaría tiempo adentrarnos en ese terreno, pero no quisiera terminar sin subrayar algo que me parece imprescindible para seguir avanzando: fortalecer y ampliar lo más posible el consenso social y político en torno a la política lingüística.

10. El nuevo gobierno vasco, ¿ha alterado sustancialmente la política lingüística? ¿A qué cree que se debe esta actitud?

Según hemos leído en varias ocasiones en la prensa, parece ser que el PP entiende que el Gobierno no está cumpliendo adecuadamente y en la debida medida los compromisos que en materia de política lingüística adquirieron el PSE y el PP para la investidura de Patxi López. Está por ver el recorrido que vaya a tener este juego de presiones y marcajes entre ambos partidos y el Gobierno.

Hay algo que me apena, y ya que me hace la pregunta no lo oculto. En la legislatura anterior (2005-2009) hubo un medio de comunicación que se refirió a la, reproduzco literalmente, “frenética actividad que en materia de política lingüística viene desplegando Lakua (la sede central del Gobierno Vasco)”. Es evidente que el actual Gobierno  -con total legitimidad para ello, por supuesto- ha frenado o ralentizado la denominada “frenética actividad” de la legislatura anterior. Me da pena porque, cómo no, creía y sigo creyendo en el acierto de aquella actividad; pienso que era una actividad extraordinariamente dinámica y adecuada para que el Gobierno ejerciera el liderazgo que le corresponde en esta materia, y, sobre todo, se basaba en unas consideraciones de equidad, convivencia y justicia social cuya pedagogía ponía de manifiesto el desacierto argumental de la comunidad monolingüe acomodaticia y bien pensante.

11. ¿Qué podemos hacer para garantizar, al mismo tiempo, el multilingüismo y la pervivencia de todas las lenguas?

Me parece fundamental ir avanzando y ahondando en el discurso. El discurso a favor de la pervivencia de las lenguas es un discurso de principios, de derechos y de políticas de convivencia difíciles, pero absolutamente necesarias, en la globalización. Tenemos que desarrollar un discurso que sin negar la inexorabilidad de la globalización y de sus ventajas, avise de sus peligros y excesos, el peligro de que globalización sea sinónimo de jacobinismo a nivel planetario. Está por ver lo que la globalización va a dar de sí en el desarrollo de las lenguas hegemónicas y en el de las no hegemónicas. Pero, en todo caso, la universalidad, que es inherente a la globalización, necesita la particularidad para no terminar siendo ahogada en las redes de la uniformidad. Tenemos que expandir el discurso que presente el desarrollo de las diferentes lenguas como una necesidad universal. La gestión adecuada, respetuosa y equilibradora de la diversidad lingüística debe constituir uno de los principales termómetros de la salud democrática de las sociedades modernas. No es tiempo de exclusiones en nada, tampoco en lo concerniente a las lenguas. Las lenguas no necesitan excluirse. Son tiempos de suma e integración.

12. ¿Cómo imagina una Europa equilibrada i justa, desde una perspectiva lingüística?

La Unión Europea necesita, en mi opinión, una política lingüística propia, que sea suficiente para el desarrollo de la diversidad lingüística en el continente, y que vaya más allá de las lenguas estatales, abarcando de manera importante las lenguas regionales o de ámbito reducido. Perece razonable pensar que las lenguas a las que se les ha reconocido el estatus de oficialidad en algún territorio de la Unión Europea, habría de reconocérselo consiguientemente en las instituciones de la Unión. Creo que sería un instrumento de interés disponer de un Mapa Funcional de las lenguas europeas, y habría que impulsar la aprobación de una Declaración Europea de los Derechos Lingüísticos, que todo Estado miembro de la Unión debería suscribirlo. No es nada edificante que hoy todavía haya Estados miembros de la Unión que no hayan suscrito y ratificado la Carta Europea de las Lenguas Regionales o Minoritarias. Esto debería ser mínimo. Promover el aprendizaje de las diferentes lenguas europeas, sean o no estatales, entre la ciudadanía europea, así como impulsar el desarrollo de contenidos en Internet en las diferentes lenguas de Europa, debería ser una línea de actuación importante a desarrollar por la Unión en el horizonte de esa Europa justa y equilibrada en lo lingüístico.   Y, sobre todo, mucha pedagogía social a favor de la diversidad lingüística sobre criterios de igualdad y respeto. Hay que ser muy perseverantes a la hora de hacer dicha pedagogía, porque no es fácil. Hoy, por ejemplo, la mayoría de las sociedades modernas son conscientes de que el mundo se enfrenta a un serio problema si continuamos consumiendo bienes naturales de todo tipo en mayor medida que lo que podamos renovarlos y regenerarlos. Sin embargo, el discurso ecologista sigue teniendo que sortear muchos obstáculos mentales para que sea asumido por la inmensa mayoría de la ciudadanía, aunque ésta sea consciente de que las cosas no van bien. Si esto sucede hoy aún en el ámbito de la ecología, ¡qué nivel de dificultades y barreras no habremos de superar tratándose de realidades intangibles, como son las lenguas! Por eso digo que hay que perseverar en hacer pedagogía, y más pedagogía, a favor de la diversidad y equilibrio lingüísticos.
 *Entrevista realizada por Bernat Joan i Marí, publicada en catalán en la revista Llengua i Ús

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